Cuento de Roberto Delgado Mejias, publicado en la revista Videncia, No, 44, 2017.

De un salto se escondió tras los arbustos del jardín. Sus ojos reflejan la ferocidad de un lobo. Esa cualidad la heredó de sus padres. Ellos fueron atacados y mordidos por un hombre lobo cuando paseaban por el campo, hace ya muchos años. Ahora, cada noche de luna llena, aterrorizan a los vecinos con sus aullidos. Pero Danielito no tiene que esperar a la luna, ni siquiera a la noche, él se convierte en un lobo cuando quiere.

A su lado se estira Terrible, un furioso lobo, que cuando él deja de serlo, se convierte en Canelo, su perro sato, que tuvo la infeliz idea o el incontenible deseo de hacer pis dentro de la casa. Eso le costó una rabiosa mordida de mamá y la maldición de trocarse en lobo cada vez que el niño lo hace o quiere.

Está perdidamente enamorado de Patricia, una linda niña, de cuatro años, que está en el círculo infantil con él. Ella, con sus grandes ojazos y sus motonetas, lo ha hechizado. Cada mañana le cuesta mucho despertar. Quiere seguir durmiendo en su tibia camita. La mamá lo llama y lo vuelve a llamar y él no puede o no quiere abrir los ojos. Debe ser por pasar la noche de cacería con Terrible. Pero basta que mamá le pregunte si hoy no va a ver a Patricia, para que levante como un resorte de la cama, se deje vestir, desayune y vaya lleno de felicidad al círculo.

Ella pronto pasará por la acera hacia su casa. Cuando llegue junto a él, saltará sobre ella y la morderá. Si la muerde, ella se convertirá también en loba y juntos podrán corretear por los campos. Como Nala y Simba, retozarán en la hierba, se bañarán en los ríos, cazarán su comida y esperarán abrazados el amanecer. Incluso, quizás encuentren un cerdito y aunque sea una lagartija, que, como Pumba y Timón, los acompañaran en cada aventura.

Ya se acerca, pero encuentra un imprevisto, va acompañada por sus padres. No importa, actuará tan rápido que no se darán cuenta. La mordida debe ser lo suficientemente fuerte para que se convierte en una niña loba y suave para que no le duela mucho. Cuando lo haga deberá agarrarla bien fuerte para llevársela antes que sus papás puedan impedirlo. Ya casi llega. Danielito se afila las uñas en la tierra y se alista a saltar. 

— ¡Danielito! —el grito de su mamá lo paraliza y su rostro enrojece de bochorno cuando ella continúa— Ven, que es hora de dormir. Ahora a este niño le ha dado por creer que es un lobo, no sé cómo a su papá se le ocurrió contarle la película esa.