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¨…la mayoría de las especies son nocturnas
y pasan inadvertidas…
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Esta no, los colores son más delicados. No quiero suceda como al resto, todas dibujadas sobre la página siguiente. Nadie las manda, pícaras ellas, a revolotear alrededor, a fingirse tuertas cuando tienen ojos. Me mira, fijo, me mira con alguna parte de su cuerpo, una parte que ignoro. ¿Dónde están los ojos de las mariposas? 

Carlos llega, silencioso, apenas veo su sombra dibujarse en la pared, sirve una taza, sí, de café, olor inconfundible el del café. Asume que bebí un poco, esa estúpida manía suya de dar las cosas por hechas, así lo destruye todo a menudo, esta vez, como tantas otras, me dejará la cafetera vacía. 

Mis mariposas, veintisiete en total, no tienen la culpa, desde luego. Las mariposas nunca tienen la culpa. Observo, sin dejar de sujetarla, a la mariposa de turno; abundan las amarillas, grandes o medianas, las alas desprendidas por el tiempo. Al libro también le faltan páginas; la contraportada, por ejemplo, a alguien pudo hacerle falta, de seguro a Carlos, el mismo que ahora revuelve el café y me mira, ambos lo hacen, al menos sé dónde están los ojos, los de Carlos, los de la mariposa no. Ella permanece inmóvil, ahí, sobre el papel, sin ser aplastada aún por el cúmulo de hojas.

Algo tiene de inocente, esta sí, porque mira fijo y no sé cómo lo hace. La atrapé, puse en ello mayor delicadeza que antes, delicadeza exportada desde alguna película. Mariposa como esta no revolotea alrededor de carros de turistas, o flores plásticas, no, estas tienen su pedigrí, desde lejos parecen menos tontas. Hay que invertir en flores, flores de verdad, azucenas, sí, sus favoritas, flores frescas, con ellas la seduje allá, en el monte en que vivía. Carlos también llegó desde el monte, pero en ese no había mariposas. Hay sitios sin mariposas. Es triste pero los hay. Y seres a los que no les agradan. A Carlos, ya se sabe, nunca le gustaron, por eso disfruta, en parte, cuando las aplasto dentro del libro.

El catálogo, desaparecido ya durante mi ausencia, argumentaba acerca de los ojos de las mariposas, ojos formados por millares de ommatidios, así se llaman, millares, y a pesar de esa multitud, no captan movimientos lentos. Una vista poco precisa, así señalaba el texto, hecha para la rapidez, para el revoleteo, la fugacidad; más en sitio alguno se menciona dónde se encuentran los ojos.

Esa tarde tuve la sensación de ser espiado, millares de ommatidios parecían haberse escondido en cada sitio de la casa. Desde los rincones me enfocaban, como ahora, a diferencia de que ese día creí saber dónde estaban. Desde la puerta llegó un crujido, eso la puso en tensión; asustada revoloteó hasta el sofá, la perseguí, sí, despacio, al principio, eso hasta que comenzó a temblar. Pocos han visto cómo tiembla una mariposa. Pocos lo han sentido. Me senté, como ahora, fijos los ojos en los suyos, al menos donde suponía estarían los suyos, y pronuncié la frase mágica y mentirosa. De haberme conocido mejor sabría que el daño llega desde cualquier sitio, sutil, el daño siempre es sutil, llega sin anunciarse, especialmente para una mariposa, incluso desde quien promete no hacerlo. 

Era pequeña, sí, delgado el cuerpo, sí, entre la pared y mi cuerpo los ojos parecían más vacíos que lo usual. La acorralé, un poco, no demasiado para ser sinceros; cuando intentó escapar le corté la huida. Sonreí. Si provocas no escapes, le dije, hoy te quedas, hasta el final. Las palabras retumbaron en la pared y regresaron, truncas, ajadas, como si el eco restara sílabas. Solo un trecho, corto, reducido, mediaba para llegar al paraíso, pero interrumpen, siempre hay quien interrumpe; llegó la abuela, llegaron voces, llegaron todos, y las mariposas, ya se sabe, suelen espantarse, son nerviosas, tímidas, no les gusta la gente, por eso revoloteó, otra vez lo hizo, y halló la ventana. Entonces supe que está lejos, bien lejos el paraíso. Que es ajeno a la llegada de la gente. Que las mariposas suelen consentir y después, esa es su naturaleza, asustarse.Hoy me miran, las dos; aquella, desde lejos, a cientos de metros de distancia; aquella que corre a esconderse, como si viera a un fantasma; como si todavía la gente, el revoloteo, la ventana; y esta, la que sujeto, la que tomo de las alas, me mira de frente, diría que sin miedo, directo a los ojos me mira, vacíos mis ojos, esta vez más que los suyos. Vivir es un poco vaciarse. Quedar inerte. Ahuecado. Los ojos y todo. Ella lo sabe. Sabe que en cualquier momento terminaré con ella, pero me mira, valiente, sin consentimiento pero tampoco con susto. Me tienes, haz lo tuyo, parece decir, y no deja de mirarme, desde algún sitio me mira, con todos sus omatidios concentrados en reprochar, deseando que el resto de las páginas, todas las páginas, queden como ahora, vacías.