(Idania Ocampo Ruiz)

Ella trae en el pico la última rama, y él, pétalos de una flor. Con ellas quedará listo el nido que han preparado pacientemente. Ha llegado el primer huevo. Solo uno. Ambos lo calientan con amor y se preguntan: ¿Cuándo nacerá?

Por fin el día tan esperado llega. El cascarón se ha roto. Se asoma, tímido, el polluelo, con sus plumas mojadas aún. Comienzan a alimentarlo hasta que se convierte en una pajarita, inquieta y juguetona.

Va de un lado para otro, todo lo descubre, hace travesuras a los amigos y se esconde entre las ramas con el único propósito de bromear con sus padres. Luego aleteando ruidosamente, se descubre y ellos respiran aliviados.

—Es muy caprichosa hace siempre su voluntad— le comenta la madre al padre, que ha regresado de recorrer toda la arboleda buscando a la graciosa pichoncita.

El tiempo ha transcurrido. Exhibe ya  un plumaje lustroso; su trinar es dulce en el atardecer. Le queda chico el bosque; desea volar más allá. Sus alas se han fortalecido y emprenden cada día un vuelo más lejano.

—Papá, el viento me ha dicho: después del mar hay un paraíso dorado y azul. ¿Qué crees? ¿Por qué no vamos a vivir a ese lugar? Cuentan que todo es muy hermoso;  el trigo florece y el alpiste es abundante.

Sus padres callan, porque la comprenden. Un día también ellos acariciaron sueños parecidos.

—¿Estás segura? — le pregunta el padre.

  • ¿Qué opinas tú, Mamá?
  • Hija mía, el paraíso puede estar lejos, o en el recodo del camino; depende de nosotros mismos. Recuerda: no importa donde se viva; lo importante es que seas feliz.

Un día mientras  revolotea cerca del río y escarba en sus márgenes, siente un susurro distinto que le trae el viento:

“! Vamos, vamos ¡”

—Espera, viento—exclama—Aún no es tiempo. Debo pensarlo— y, ensimismada, regresa al árbol donde la esperan sus padres.

El papá se le acerca y le pregunta:

— ¿Dónde has estado?

—En el río. Hablaba con el viento. Ha llegado el día; debo partir.

“! Vamos, vamos ¡”, susurra el viento.

—Espérenme, volveré pronto—dice mientras se aleja.

Vuela tan alto que solo queda un punto en la lejanía.

Sus padres, junto a las viejas aves, la ven partir. Saben que no volverá. Un día dirá adiós  a sus propios pichones.