(Cuento de Tania Patria Arango)
 
Me llamo Tadeo, soy un ratón y mi mejor amigo es Pilín. No se asombren de que tenga a un gato por amigo. Lo que pasa es bien sencillo, su dueña lo atiborra de pescados y otras chucherías, por eso lagartijas, ratones y cucarachas, campeamos divertidos y sin miedo por todos los rincones.
En lugar de andar por ahí, pasa el tiempo dormitando sobre el viejo sofá, o alisando sus largos bigotes. Y como es tan limpio, también se lava la cara constantemente. Por eso no caza Pilín, solo cuenta estrellas. Si se aburre, sube al tejado por las noches. Allí a veces nos encontramos pero si el día está lluvioso se acurruca en la cama de su dueña. A los gatos no les gusta mojarse.
Una noche en que estábamos en el techo mirando las estrellas, quiso saber cuántas había. Me preguntó y no supe responderle. Se rió de mí, el niño de su casa lo había enseñado dando palmadas en el piso.
Así cuenta Pilín comenzando por el último número de la noche anterior:
—Dos mil trecientos catorce —lo dice con solo mirar el cielo.
Él quiere enseñarme, pero me parece muy aburrido, yo prefiero ser un Tadeo gordo y escurridizo metido en lugares estratégicos donde haya comida, sobre todo queso, y que no me puedan echar mano los demás gatos. Solo salgo cuando reina el silencio a buscar golosinas y siempre atento… por si acaso.
Anoche subí al techo y vi que algo brillaba con intensidad. Aguanté la respiración y quedé tranquilo, tranquilo. De repente una voz conocida dijo:
—Miau, miau ¿quién anda ahí?
Era Pilín. Había subido a contar las estrellas. ¡No había ni una! Y la suave brisa le llevó hasta su nariz este especial olor que tenemos y se animó con mi presencia.
—¡Ah, eres tú!¡Cuántos días sin verte!
Solté todo el aire de mis pulmones y me acerqué muy despacio.
—¡Qué susto, Pilín! Andaba visitando a mis parientes y regresé anoche. ¿Y tú qué haces?
—Subí a observar el firmamento y contar las estrellas, pero no hay ninguna esta noche, Tadeo.
Era verdad. El cielo estaba negrito, sin una sola estrella. Y Pilín puso cara de tristeza, tan fea como si no le hubieran dado pescado o su taza de leche en muchos días.
—¡Claro muchacho! —le dije—.Anoche estuvieron de fiesta, seguramente se quedaron dormidas.
—¿Cómo fiesta, Tadeo? No las vi, y estuve hasta muy tarde.
—Ja, ja, ja. Apuesto a que te quedaste dormido. Yo, sí las vi —dije con orgullo.
—Entonces ¡cuéntame, cuéntame, cómo fue!
Como soy gordo y me canso, me acosté boca arriba en una teja, crucé las piernas y puse los brazos como almohada. Observando al oscuro cielo conté lo que se me ocurrió:
—Todo estaba sembrado de relucientes estrellas, Pilín. Por la madrugada, cuando la noche es más fría, como si hubieran recibido una orden, todas empezaron a moverse. Parecía que estuvieran cayendo. De aquí para allá, de arriba hacia abajo, saltaban, corrían. Me asusté, Pilín, pero no chocaban. Así fue durante gran rato. Eran como fuegos artificiales… ¡Estaban todas de fiesta, Pilín, de fiesta!
Estaba atento a todo mi discurso. Con ansiedad movía la cola. Nunca creí que aquello le interesara tanto.
Muy triste me preguntó:
—¿No sentiste música, Tadeo?
—No, no la sentí, pero era hermoso, ¡parecían hormigas locas, locas!
—Oye, ¿no será que de verdad se cayeron y por eso no hay ninguna hoy?
—No sé, Pilín, debemos esperar a mañana, mañana será otra noche.
Mi amigo se quedó pensativo. Sin despedirme de él, salí despacio pared abajo.
Lo comprendo. Pilín, puede vivir sin su dueña, sin pescado, sin mí, su mejor amigo, pero no sin las estrellas.
Tal vez se ha enamorado de todas o sueña con ser un gato volador para algún día visitarlas. A los gatos no hay quien los entienda.