Foto: Ailén Castilla Padrón

A propósito del último título del escritor avileño Yasmani Rodríguez Alfaro

“Para ser un Mago no hace falta tener una vara, ni un gorro con estrellas y lunas, ni ir a una escuela de magia.” De esa forma comenzó Yasmani Rodríguez Alfaro la lectura, aquella mañana, de lo que era su primer texto infantil.

Estábamos en el taller de literatura infantil Compay Grillo. Por las miradas de algunos sospeché que con ese inicio resultaba imposible que no despertara la curiosidad de los presentes. Incluso los más distraídos (¿en qué taller literario no los hay?) pusieron en atención el oído.

Al concluir la lectura dejó entrever que era apenas el comienzo de una historia. Pero ninguno de nosotros, creo que ni él, sabía que en poco más de un año y unos meses, tras problemas con la computadora, una pandemia, un rebrote, unas cuantas colas, y los demás apuros de 2020, aquel cuento vendría a la vida para darse a todos con el título con el que ahora se presentó el libro. Y digo TODOS porque este libro, A la sombra del mago, no distingue entre niños, jóvenes ni adultos cuando de leerlo se trata.

El personaje principal, Francisquito, o Lucero del día, como lo llaman algunos, nos cuenta en su propia voz las historias mágicas que le ocurren. Siempre acompañado por su abuelo, va descubriéndose ante nuestros ojos ese otro universo que lo llevará a transitar por el camino de los magos que, tiempo atrás, también recorriera su abuelo. Un suceso marca esa transformación de ser un niño normal a hablar con plantas y animales y, por casualidad, descubrir poco a poco otros poderes que desconocía.

Capítulos breves que cautivan por la forma clara y directa en que se narran. Descubriremos por qué somos blancos por dentro; el encuentro de Francisquito con una bruja que lo amenaza; un gallo llamado Hipólito que a veces olvida cantar o lo hace antes de tiempo; la escapada del niño hacia el río y el encuentro con una madre de agua; posar como un girasol para un pintor famoso; volar en una escoba por lugares del mundo que sabremos identificar, y el aterrizaje al volver a casa; enfrentarse a una invasión de oscuridad que intenta ocupar su hogar. Hasta llegar a un final que nos puede hacer pensar que la frontera entre lo real-maravilloso no existe en lo más mínimo.

Leer A la sombra del mago es el contacto capaz de devolvernos a ese estado primigenio de la curiosidad, el amor, de esa búsqueda por conocernos que encierran los primeros años, y aún en la adultez, para asomarnos al punto final y quedarnos con el regusto a seguir en un mundo donde la magia inclina su balanza ora a un lado, ora al otro, en una relación que con mucho tacto el autor supo cuidar durante todo el texto, sin caer en los riesgosos baches de la monotonía y el aburrimiento de los que, en mi modesta opinión, tanto debe cuidarse la literatura infantil.

En una primera parte no resulta necesaria la descripción del espacio en que se desenvuelve la historia. Apenas unos atisbos, como buen pintor ante un cuadro. Lentamente vamos creando el entorno con una naturaleza llena de vida, colores, de esa atmósfera propia de las tradiciones religiosas afrocubanas. El mayor logro radica allí. Me arriesgo a decir que al leer el libro vinieron a mi mente flashazos que me hicieron recordar personajes que mejor no comento para que el lector descubra los suyos.

Niurki Pérez García, quien fuera uno de los miembros del jurado que en 2019 otorgara el premio Eliseo Diego a este libro, señaló que no conocía de escritor en Cuba que haya tratado la religiosidad tan acertadamente en un texto infantil (a esto agregaría que cobra más relevancia si se tiene en cuenta que es la primera obra del autor en el género).

Las palabras de esta autora fueron exactas: “Es un texto que logra la identificación más íntima con la espiritualidad del muy joven lector. Sobre todo el niño cubano. No es un lector ficticio ni es una espiritualidad ficticia. Es perfilada a partir de la cotidianidad. Es mérito del escritor volver la vista sobre lo más cercano para lograr una visión panorámica de su propia identidad. No intenta enseñar, muestra y por comparación consigue su propósito: una imagen del cubano de siempre. Un niño que crece en su misterio y alimentado por el mismo. Por cierto, me encanta la portada. Nadie podía ilustrar el libro mejor que Yasmani. Un verdadero artista con quien espero compartir en otros espacios y proyectos”.

No hay nada de sombra en A la sombra del mago. Tiene toda la luz. Debería ser eso: A la luz del mago, un mago que augura muchas otras sorpresas en la literatura infantil.